Yo
pensaba en lo que hubo, pensaba en que en realidad lo que tenía que pensar era
en lo que hay, que al fin y al cabo es la realidad, el presente, lo que vivimos.
El presente es fenomenológico, es la conciencia que tenemos de todas nuestras
experiencias físicas, perceptibles, sutiles, desconocidas, da igual, al final
es lo único a lo que tenemos acceso, a lo que está con nosotros en un momento
determinado y de la forma concreta en que nosotros lo percibimos,
independientemente de que sea o no así.
El
pasado no es más que otro estímulo al que podemos o no habernos habituado, que
podemos haber aceptado hasta que ya toda nuestra historia sea tanto parte de
nosotros que esté presente sin estarlo, o que podemos no haber resuelto y que
necesitemos cerrar para poder seguir adelante.
Al
final todo nos lleva al futuro, al destino no como algo prefijado sino como
mero devenir de nosotros mismos dependiente de todas las pequeñas acciones,
pensamientos y sentimientos que tenemos cada día, variable, incierto, a la vez
expectante y des-esperado, por todo lo que queremos llegar más a ser que a
tener y lo vulnerables que somos al tener que tomar conciencia de que todo eso
aún no existe y puede que nunca llegue a existir.
Quizá
no hay que pensar ni en lo que hubo ni en lo que hay ni en lo que habrá. Quizá
sólo debamos dejarnos llevar por nosotros mismos a través de todo ello hasta
que lleguemos a algún punto más allá.
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