Camina de vuelta a la caverna. Lleva consigo la comida para hoy dos liebres y una berza. Quizás por la tarde dé un paseo cerca de la vega del río y consiga unas cuantas almendras y algún pez.
Empieza a refrescar. La estación cálida muere día a día con el tiempo de luz que le roba cada crepúsculo. Hace más de tres inviernos que está solo. No le disgusta, de hecho se ha acostumbrado y ahora echa menos en falta la compañía de otras personas. No tiene que hacer nada por nadie, sólo están él, su caverna, los animales y un campo infinito que parece no acabar nunca. Disfruta nadando en las orillas del río, viendo las perdices criar sus perdigones y en otoño recogiendo setas. Después de comer duerme un rato y cuando despierta baja al río.
Mientras intenta atrapar un pez escucha un chapoteo. No ve nada. Sale del agua y mira con más atención. Hay una mujer bebiendo agua. Su primera reacción es esconderse. No ve una mujer desde aquel invierno de enfermedad que se los llevó a todos. La mira. Ojalá pudiera acostarse con ella... Sin querer pisa una rama y ella le oye. Se levanta y ambos son conscientes de que no están solos allí.
Después de tanto tiempo, de tanto aislamiento y soledad, hay otro ser humano mirando a la cara a su semejante, y sólo pueden sentir miedo.
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