Respira.
Expira.
Es
de noche y mira el cielo tumbada en la terraza. No ve gran cosa entre los
bloques de edificios, pero las estrellas se dejan intuir, ingrávidas en una inmensidad
de azul cobalto degradado. Ya nada importa más allá de ese único momento de paz.
Se han acabado los centenares de folios, los madrugones de estudio, el posponer
otra semana más todos los planes que la emocionan.
Respira.
El aire huele a basura y a desagüe. Expira.
Su
calle está desierta, las farolas proyectan luz amarillenta de la que ambienta
todas las historias sobre el lado turbio de la noche. En cualquier caso, eso
ahora no importa, ahora sólo importa que mañana no tendrá que hacer más que lo
que ella quiera, que su único compromiso es con ella misma y con su propia
felicidad.
Respira.
Expira. Respira…
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