El pesimismo es cosa de melancólicos. No naces siendo pesimista, ni generalmente te empeñas en serlo, es una actitud que surge cuando aprendes a no esperar nada o a esperar lo peor. Dan igual las circunstancias o las personas que te rodean, simplemente no te crees que las cosas te vayan a ir bien a ti porque nunca lo hacen.
Lo malo de ser pesimista es que sufres, que tus alegrías se hacen opacas y se impregnan de una melancolía limpia que convierte lo presente en nostalgia, en una estación a la que volver dolorosamente en un futuro menos bienvenido. Además empeora cuando tus personas cercanas no pueden comprenderte, no porque no quieran, sino porque ellos al contrario que tú están lo suficientemente fuertes para resistir la abulia, la falta de vida que te absorbe como un líquido forzado por un émbolo.
Sin embargo yo creo que ser pesimista a veces es necesario. El pesimista se repliega y se fuerza a mirarse a sí mismo constantemente y hasta en contra de su voluntad, se ataca a sí mismo en un patético intento de autodesafio en el que tienta cuánto es capaz de aceptarse, cuánto es capaz de soportar y cuánto necesita un cambio. El pesimismo y el optimismo no son más que dos caras de la misma moneda, un proceso dual en el que el uno compensa al otro y durante unos momentos existe un claro vencedor que te embriaga, una marea emocional ascendente y descendente, donde las resistencias se vencen siempre y donde el sol siempre se pone y siempre vuelve a salir.
Quizá necesitamos entender el pesimismo como un estado de mierda que podemos mandar a sus orígenes, como una retaguardia a la que volver en nuestros momentos bajos sólo para volver a salir al mundo a humillarlo cuando pretenda doblegarnos, no necesariamente más seguros de nada, pero sí más combativos, más asimilados que todos aquellos que viven en su nube feliz, con otra vuelta de tuerca apretando nuestros sesos que nos convierta en locos capaces de integrar lo malo dentro de lo bueno. Si no lo hacemos así, nunca estaremos lo suficiente llenos de ira para despertar a la vida que nos queda, porque siempre queda algo.
Si alguna función tiene el pesimismo es la de pagar con la vivacidad el precio de la resistencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario