Había
un sombrero azul de paja sobre la barandilla del puente, y sobre él, una piedra
de granito. Llovía a mares.
Había
ido a la verbena del pueblo de al lado. La luz se había ido un par de veces y
los músicos supieron salvar la situación lo suficientemente bien, pero la
lluvia ya fue demasiado. A las tres de la madrugada echó a correr y a las tres
y cinco ya iba andando con agua hasta en los bolsillos de los pantalones.
– Perdona ¿tienes hora?
– Estaba oscuro y no
podría asegurarlo, pero parecía que era una mujer, alta, con el pelo ni largo
ni corto. No le sonaba de nada. No parecía de fiar.
– Sí las tres y veinte…
– dijo señalándose el
reloj en su muñeca.
– Gracias. Nos vemos.
– Sonrió y se alejó poco a
poco.
– Adiós – respondió. Él no tenía ninguna intención
de volver a verla. Tenía frío y estaba empapado.
Iba
siguiendo el puente y debajo se veía el río. Este año iba bajo porque no había
llovido casi nada en todo el invierno. El agua estaba negra y las espadañas
daban una sombra tenue bajo la luz cortante de la luna.
– ¡Oye! - Vió una figura en la oscuridad apoyada
en la barandilla. Apretó el paso.
– ¡Oye tú! te estoy hablando ¿Te has perdido? – Bajó
la cabeza y siguió andando, casi corriendo.
– No tengas miedo, anda ven…– le cogió del brazo.
El estómago le subió a la garganta, tenía la boca seca y la piel,
extremadamente sensible, parecía como si le quemase por donde le habían
agarrado.
– ¡Suéltame! – la mano se cerró con más fuerza
alrededor de su brazo. Ya no tenía frío.
– ¡Tranquilo
hombre!, soy el Pellio. No voy a hacerte daño. Solamente voy a
acompañarte, para que no te pierdas y te pase lo que al último… – aflojó bastante la fuerza con que le oprimía el brazo.
– Yo soy Chencho…
– Dijo algo más tranquilo – Menudo
susto, no deberías acercarte así a la gente… ¿de qué pueblo eres?
– De aquí, ¿de dónde sino?
– Pues no sé… la verdad es que no me suena tu cara…
– Porque vosotros los jóvenes no conocéis más que
a los de vuestra edad.
– Será eso… y bueno, ¿qué le pasó al último?
– Ah, no lo has oído nunca ¿eh? Pues verás cuando
mi madre era pequeña se murió un chaval que venía de las fiestas de los
Pisones. Apareció tres días después con la piel echa un asco, se le caía de la
carne por el agua… Se conoce que iba borracho y se ahogó.
– Vaya…
– Pues sí vaya…
– En ese tramo de carretera, las
tres farolas que quedaban del puente estaban fundidas. Sólo se podía ver lo que
la luna alumbraba. En ese momento, se fijó en el Pellio. Era bajo, robusto y
llevaba un sombrero de paja de algún color oscuro.
Un
rayo dio un poco más de luz. Lo último que pudo ver fue un pequeño destello en
la punta del cuchillo que el Pellio le clavaba en el estómago y a una mujer
alta, con el pelo ni largo ni corto que le sonreía mientras se señalaba la
muñeca.
Eran
las tres y treinta y tres de la madrugada y el río bajaba teñido de sangre.
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