Hay
un solo camino que lo ocupa todo y lo es todo. Las encrucijadas no existen,
sólo una vasta llanura frente a nosotros
esperando cada paso. No hay elección, ni barreras, no hay nada y esa nada lo es
todo. Todo lo que creo que hay sólo existe en mi mente y hay lo que pienso y
mucho más.
Nuestra
vida es una idea de vida pensada por otros. Sólo unos pocos se enfrentan a la
verdad desnuda de su propio interior y de su entorno, sólo esos pocos se
preguntan ¿por qué así? ¿qué quiero? ¿por qué vivo una forma de vida que no me
hace feliz? ¿cuál es el coste real de cambiar mis circunstancias? ¿de verdad no
estoy dispuesto a pagarlo?
Ante
mí hay varios caminos en una extensión sin valla alguna y yo soy el ser
silvestre que va campo a través, ni por un camino ni por el opuesto, un ser
perdido aplastado hasta el ahogo en esa fina línea horizontal que divide la planicie del
cielo y la tierra. Y la tierra me llama bien adentro, mirando a ese azul
infinito que promete una falsa libertad inmóvil.
Soy
de esa generación que no encuentra alivio en fumar, que no disfruta lo que
bebe, que lleva deportivas en vez de botas y que tiene una idea totalmente
equivocada de lo que significa amar. Somos más solitarios que nunca, estamos
más solos que nunca y no nos parece mal, porque vivimos de contarnos nuestras
quejas entre personas que no se importan entre sí. Vivimos de las falsas
atenciones.
A
veces pienso que quiero tener a alguien cuando vuelva y últimamente pienso que
no querré volver jamás.
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